─ ¡Rápido! ¡más rápido! ─ me decía mi compañero. Yo corría apresuradamente, pero al parecer, no me movía. Esa pesadez no me permitía mayor velocidad.
Él empezó a impacientarse. Lo veía claramente porque a través del visor de su casco espacial pude ver que el vidrio se empañaba. Estaba ansioso y me seguía apresurando.
Miraba él para un lado y otro. Volteaba a verme luego a mi y volvía a gritar.
─ ¡Apúrate, si no, no llegamos!
Yo hice un último esfuerzo y salté. Pude librar al fin el obstáculo del montículo de arena.
Corrí tras de él esforzándome cada vez más, hasta que lo alcancé.
Él tomó mi mano y empezó a jalarme. Yo ya daba tumbos, o casi...
Alcanzamos al fin el módulo. Entramos y cerramos rápidamente el acceso. Verificamos que todo estuviera funcionando correctamente y que todas las posibles entradas quedaran verdaderamente cerradas y selladas con los sistemas de seguridad diseñados para uno de estos casos. Nos reportamos al Mando y sentimos un fuerte tirón.
Era el despegue.
A lo lejos pudimos observar el gran montículo en forma de Reloj de Arena que habíamos librado y por el que nos habíamos aventurado saliéndonos de nuestra ruta, arriesgándonos no sólo a una muy fuerte llamada de atención, sino incluso a que nos retiraran los permisos de exploración.
Bueno, ya tenía Juan lo que quería: pasto

Los norteamericanos avanzaron con resolución, haciendo a trechos certeras descargas de rifle sobre los parapetos del bosque donde nuestros escasos soldados respondieron con su fusilería a los gritos de ¡viva México! Al llegar a ellos se trabó su desesperada refriega al arma blanca, mas los defensores fueron arrollados por el impulso de aquella masa superior erizada de bayonetas penetrando al bosque las columnas En estos instantes el general Santa Anna, no obstante el último aviso apremiante de Bravo, se contentó con enviar por todo refuerzo al Castillo, al batallón de San Blas al mando del bizarro teniente coronel Santiago Xicoténcatl.









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