Dubito, ergo cogito, ergo sum
Descartes






martes, 14 de octubre de 2008

YO DECIDO CÓMO ME SIENTO

Buena frase para iniciar la semana...
Y así salió Gabriel de casa, con una buena frase en el bolsillo, en el pensamiento, en el ánimo.
La había oído desde temprano en el radio, cuando lo prendió y quiso oir las noticias del día. Esto, oir las noticias del día lo hacía diario, cuando se levantaba tan temprano para iniciar la jornada. Pero ahora no captó la estación que siempre tenía puesta. Quién sabe por qué estaba esa estación.
La frase la oyó y le pareció de lo mejor.
Iniciaba el día en un nuevo Departamento de la empresa en la que trabajaba desde hacía años. La oportunidad la había buscado, pero no se daba. En fin, la situación no era tan buena y después de cierto riempo decidió no insistir más y quedarse ahí, como un pez en el agua en la seguridad de que si no se movía, no pasaría nada. Pero la verdad, pronto se aburrió. Así es que empezó nuevamente su búsqueda de la oportunidad. Y la encontró.
Hoy se tendría que presentar ante su nuevo Jefe, al que ya había sido presentado días antes y por lo visto, le había caído bien.
"Yo decido cómo me siento" lo fue repitiendo todo el camino. "¿Y cómo me siento? Bien, alegre, animoso, es más, hasta ¡joven!" y sonrió sólo de pensarlo.
Fue cuando corrió a alcanzar la micro.
Subió muy rápidamente; apenas alcanzó a asirse del pasamanos cuando ésta arrancó.
Se fue metiendo lentamente, agarrándose de donde pudo. Pagó y quedó a la mitad del vehículo. Parado, junto a una mujer de edad que no podía acomodarse entre tanta gente, y la que lo pisó dos veces con un "perdón" de por medio y hasta en un enfrenón de la micro se le fue encima clavándole las afiladas uñas, sin querer, claro, y con otro "¡hay qué pena!"
Él sólo se repetía "Yo decido cómo me siento" y sonrió.
La micro volvió a frenar, ahora no tan brusco, pero sí hizo que todos los que iban de pie se fueran en un movimiento inercial hacia adelante. Después, el vehículo cayó en un bache, salió rápidamente de él y en esta maniobra hizo que los pasajeros primero cayeran y después en un movimiento reflejo, brincaran y algunos, como Gabriel chocaran sus cabezas contra el techo.
Luego, la caída... Uno encima de otro.
Gabriel apenas si pudo asirse, pero el peso de quien iba al lado de él lo soltó y golpeó en la mano derecha.
Gritos, mentadas de madre, llantos, y casi un linchamiento en plena mañana. Si no hubiera habido una patrulla por ahí, ¡seguro que al chofer le hubiera tocado una golpiza...!
Gabriel se levantó y se apuró a bajar. Tenía que llegar al trabajo. Ésa era su prioridad. Y se volvió a repetir "yo decido cómo me siento". Se sacudió la ropa, miró y paró un taxi.
Ahora sí, al trabajo.
Cuando llegó, apenas a tiempo, la mano ya iba demasiado hinchada y aunque no le dolía, prefirió no decir nada.
Inició su día y su nueva secre le preguntó si no se sentía mal, porque ella sí notó la mano, aunque él la escondía. "No, no. No es nada. Fue un pequeño golpe en la micro, pero al rato voy a la enfermería para que me revisen y me den un analgésico o algo contra la hinchazón. Si de hecho, me siento bien", dijo sonriendo más que forzadamente.
La secre no se la creyó. Avisó al Jefe. Y ahí fue Gabriel a la Enfermería.
El diagnóstico tuvo que esperar una radiografía. Y ésta reveló que se había fracturado el tercer metacarpiano y había que mandarlo al hospital para prevenir cualquier cosa.
Y ahí fue Gabriel: al hospital.
Al fin, salió, después de esperar toda la mañana. Con una receta, la mano y el brazo enyesados y una incapacidad por 45 días.
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Hoy es el día 23 de la incapacidad de Gabriel y aunque se ha repetido hasta el cansancio "Yo decido cómo me siento", en la compañia su puesto ya le fue ofrecido a otro y ahora, tendrá que volver a empezar desde donde estaba hace quién sabe cuántas semanas. "Lo importante", le dicen sus padres "es que no te hayan corrido".
Él ya sólo sonríe por fórmula y la verdad, ya no sabe cómo se siente.

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