Dubito, ergo cogito, ergo sum
Descartes






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viernes, 21 de junio de 2013

UNA NUEVA EXTENSIÓN


Jorge B. debe tener como sesenta años, si no es que poco menos.
Es alto, como de 1.90. Más bien gordo, no mucho. Quizá se le carga la gordura en el abdomen.
De cara alargada, blanca, ojos almendrados que circulan unas pestañas espesas pero que él no deja ver por los lentes que usa y que muy rara vez se quita. Siempre muy bien rasurado, su barba cerrada permite suponer que él debió ser el “carita” de sus cuates. Sonríe siempre, mostrando una dentadura pareja, ligeramente amarilla, según él dice, por el cigarro, que por cierto nunca deja.
Sus manos grandes, de dedos bien perfilados, muestran difícilmente su edad.
Jorge siempre viste de mezclilla, con playeras tipo Polo, e invariablemente suéteres abotonados al frente. Muy de vez en cuando lleva una chamarra, azul, grandota, que lo hace aparecer más grande de lo que es.
Y ésta es su característica: su voz. Gruesa, ahuecada, bien modulada. Difícilmente pudiera uno pensar que cuando canta es un barítono; yo siempre pensé que era bajo o mínimo tenor dramático. Pero no. Él mismo me sacó del error cuando platicando sobre matemáticas se puso alegremente a cantar algo sobre el número Pi. Yo me reí mucho ese día. Él también porque iba componiendo muy al azar la letra y se acompañaba de su guitarra con algunos acordes más o menos intensos.
Jorge es músico. Es también matemático. Es profesor.
Lo he oído dar clase: se planta muy altivo frente a sus alumnos. Maneja muy bien el cuerpo para mostrar los ejercicios en el pizarrón o para ir corrigiendo los ejercicios que deja y pasearse entre los alumnos haciendo aclaraciones sobre sus avances. Su voz en clase es clara, con altibajos que no permiten las distracciones en el momento de la explicación. Y enfatiza bien aquello que señala e inquiere en ciertos momentos para retomar la atención que pudiera dispersarse por los juegos de los alumnos preparatorianos que él tiene a su cargo.
Pues Jorge ha callado su voz de un tiempo para acá. ¿Por qué? Pues porque ahora se parece a sus muy jóvenes alumnos: tiene un iPad.

Y se mete en ella igual que los chamacos. ¡Siempre está conectado! Ya no hace más que traer este juguete nuevo que se compró y descubrir nuevas apps y cargarlas, y comunicar sus hallazgos y sonreir frente a este aparatito plano, que siempre trae en su mano izquierda y que no suelta para nada. Como que se ha convertido en parte de él. 

jueves, 13 de junio de 2013

UNA NOCHE EN EL HOSPITAL

La Señora Inés daba vueltas y vueltas en la cama, quejándose.
Estaba en un hospital público compartiendo la habitación con otras cinco mujeres a las que no separaba nada más que el espacio entre cama y cama. No había biombos, ni paredes movibles, ni cortinas que preservaran su soledad o su intimidad. Nada. Todo se oía. Todo se veía.
Pero la que más hacía notar su presencia era justamente la Señora Inés, a las que sus compañeras de cuarto "cariñosamente" llamaban Inesita.
Inesita era bajita, rechoncha, de pelo chino, negro, corto. Usaba lentes y dormía con ellos. Una sonrisa que a veces parecía una mueca, formaba parte de ella. A veces no la perdía aún estando dormida. Inesita era de piel blanca, con mejillas rosadas, con arrugas en el contorno de los ojos obscuros que nunca estaban quietos, que miraban para todos lados, que se querían enterar de todo su entorno. ¿Cuántos años tenía? Quizá 60 o un poco más pero ni una cana había en su cabeza que no estaba teñida. 
Inesita había sido operada de una hernia y caminaba dificultosamente al baño o al comedor donde le servían sus alimentos. Caminaba así por la gran cantidad de tubos que de su vientre colgaban y que recogían los fluídos corporales propios después de la operación a la que fue sometida.
Empecé diciendo que daba vueltas y vueltas quejándose, porque eso hacía nada más iniciada la noche. Durante el día, se paraba, se sentaba, caminaba con dificultad, y siempre sonreía. Oía danzones y gustaba de subir el volumen de su receptor para que el resto de las enfermas se alegraran con ella. ¡Poco faltó una tarde para que contagiada por los comentarios de las mujeres que con ella compartían la habitación, se pusiera a bailar!
Pero iniciaba la noche, se apagaba la luz, y ella, después de una media hora de ronquidos estrepitosos se despertaba y empezaba a llamar a la enfermera, a pedir que le ayudaran a moverse, a quejarse de lo que le dolía o no le dolía, a decir que los moscos la picaban, a pedirle a sus compañeras que se callaran porque no la dejaban dormir.
Hace un par de días me encontré a Inesita entrando al hospital. La saludé efusivamente y ella a mí. Me regaló una gran sonrisa y me dijo que iba a que le quitaran los puntos. Yo le pregunté que si ya podía dormir. Ella, sonriendo, me dijo que no, que todavía no.

martes, 5 de marzo de 2013

CITA A LAS 8 A.M.

Después de varias horas (sumadas) haciendo filas para cotizar, luego para pagar, después para conseguir una cita, logró al fin ser recibida por la doctora, quien luego de revisar todos los papeles que llevaba le dijo que le faltaba la firma y el sello del cardiólogo. Lucy sintió que se hundía en la silla. Lo único que acertó a decir fue que no le había dicho el Dr. Rodríguez que eso era necesario.
¡En fin! la doctora que ahora la atendía le explicó que ahí estaba marcado el consultorio al que tenía que ir y que además le faltaba la valoración pulmonar porque Lucy había dicho que sí había fumado por varios años.
Ahora estaba escribiendo la doctora una nueva orden y anotó el consultorio y dijo que había que pedir una interconsulta, pagar nuevamente y formarse otra vez.
Ahí va Lucy a hacer una hora fila para pagar y ¡oh sorpresa! Ya no le alcanzó el dinero. Tendría que regresar al día siguiente.
Regresó, pidió una nueva cotización y pagó. Fue a buscar los consultorios: el del cardiólogo y el del neumólogo. En ambos le dijeron que sólo atendían hasta las 11 de la mañana. Así es que Lucy tendría que regresar para lograr sacar sus citas.
Y así lo hizo. Fue al cardiólogo y ahí le dieron cita para el lunes a las 8 A.M. "Pero sea puntual", le dijo el de la ventanilla. "Sí", pensó Lucy, "seré puntual. Al menos ya tengo la cita y a lo mucho, seré recibida si no inmediatamente, sí en un tiempo razonable."  De ahí caminó al neumólogo, en donde le dijeron que sería recibida, sin cita, hasta el día siguiente. "Bueno", pensó Lucy, "salgo del cardiólogo y como a las 10, más o menos, me recibirá el neumólogo."
Lucy preparó la noche anterior todas sus cosas. Iba dispuesta a esperar, pero ahora menos tiempo. Llevó su novela, una revista, sus audífonos y se presentó a las 8 A.M.
Checaron su cita y la hicieron pasar a la sala de espera.
¡Cerca de 100 personas estaban ahí! ¿Todas citadas a las 6, a las 7 o a las 8? La cabeza le dio vueltas. Igual y no: siempre hay gente que le gusta ir con muchas horas de anticipación a sus citas médicas.
Encontró un lugar, se sentó, pero ahí donde estaba no escuchaba cuando llamaban. Se cambió y esperó.
Vió ir y venir de enfermos: ancianos, niños, jóvenes, mujeres, hombres; en sillas de ruedas, en muletas, algunos muy bien tapados, otros se notaba que tenían frío. Bien y mal vestidos. Todos en silencio, esperando. Había mujeres tejiendo, un par de jóvenes leyendo sus novelas. Todos se miraban y esperaban ansiosos oir su nombre para formarse y que les tomaran la presión. Nuevas filas, nuevos nombres, nuevos movimientos de gente a pie, de gente en silla de ruedas, de gente que optaba por salir y volver a entrar nada más de escuchar que volvían a llamar.
El colmo fue cuando entró una camilla con una enferma a la que le tenían que hacer un electro. La oleada de gente se movió: o entraba la camilla, o se salían todos los que estaban ahí. Y que se salen todos para permitir el paso.
Ya Lucy no veía nada, sólo oía, pues había encontrado un asiento estratégico desde donde podía escuchar si la llamaban.
Dieron las 10:20 y pudo al fin escuchar su nombre. Se paró apresuradamente y lo que le dijeron fue que se formara. ¡Otra vez a hacer fila! Al fin fue recibida y le practicaron el estudio. Su estancia ahí no duró ni cinco minutos. La volvieron a formar para darle nuevas instrucciones. Lucy resignada pensó en esperar a ser recibida por el cardiólogo y perder su cita con el neumólogo. Pero no fue así.
Simplemente le entregaron su estudio y la citaron para el día siguiente antes de las 8 A.M. "¡Pero véngase temprano, para que el cardiólogo interprete sus estudios! Ya se viene sin cita, ya se viene sin pagar, sólo se viene a la interpretación. ¿Entendió?" Lucy repitió lo que le habían dicho. Sí, si había entendido.
Salió rápidamente al neumólogo. Ahí hizo dos filas más y fue recibida relativamente pronto.
Y se fue a casa.
Ya mañana tiene Lucy que volver a esperar quizá otras dos o tres horas más para la interpretación de sus estudios.
Lo bueno es que ya no le dieron cita.   

Imagen:http://www.bing.com/images/search?q=hacer+fila&view=detail&id=DD049A755139266F7BEE4BAC5D6EB2E6F4866B53&FORM=IDFRIR

jueves, 24 de noviembre de 2011

MIS DOLENCIAS

Amparo nunca se quejaba.
Siempre que le preguntábamos cómo estaba, ella, sonriendo, nos decía que estaba "bien". y además, siempre la veíamos bien.
Por eso, cuando, nos enteramos que había sido internada en el hospital, nos sorpendimos muchísimo.
Fuimos a verla, más por curiosidad que por otra cosa. "¡Qué malos!" pensamos que éramos porque nos movía eso y no otra cosa hacia ella en ese momento.
Cuando ya pudimos estar junto a ella, le preguntamos que como estaba y ella, sonriendo nos contestó que "bien, gracias". Y empezó a platicar como si nada. Nosotros, sin querer incomodarla le preguntamos entonces el por qué estaba ahí. "Pues porque me trajeron" dijo ella, "yo, ni cuenta me dí. Cuando desperté, estaba yo aquí, y eso no me gusta. Porque yo, la verdad, me siento bien".
Al salir de la visita, preguntamos a sus hijos qué había pasado.
Ellos nos hablaron de un infarto, pero que como había sido tratada a tiempo, simplemente estaba en observación. Y aunque ella se sentía realmente bien, pues tenía que estar ahí al menos un par de días.
Volvimos a preguntar que si ellos no se habían dado cuenta de algo que les pudiera avisar sobre eso. O al menos, que su mamá se hubiera quejado.
La respuesta fue un "no" seco, simple, llano.
Aunque uno de sus nietos sí hizo un comentario: su abuela siempre le decía que como ya estaba viejita, ella tenía algunas dolencias. Él sólo la oía y ella le platicaba, poniéndose las manos en el pecho, de un ligero dolor ahí. Y a veces le decía que se le dormían los dedos, o que le cosquilleaban las piernas, pero al mismo tiempo sonreía y decía, "pero estoy bien, aunque estas dolencias de vieja ya no me quieren dejar".
Amparo ya regresó a su casa, y ahora cuando le preguntamos cómo está, ella nos sigue contestando con una sonrisa que "bien, aunque con algunas dolencias".

lunes, 26 de septiembre de 2011

¡ME ENCANTÓ ESTE CUENTO!

... y por eso lo transcribo.
Ni siquiera conocía yo a la autora, pero ha descrito muy bien lo que se siente cuando uno tiene en sus manos el libro que quería, que deseaba...
¡ah, eso es maravilloso!



Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.




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jueves, 22 de septiembre de 2011

UNA SALIDA FÁCIL

Se sentía frustrada, muy frustrada.
Ya había hablado con sus hermanos pidiendo ayuda y lo único que había obtenido de ellos era un "¡qué pena...! ¿y qué vas a hacer? porque yo ahorita no tengo ni un centavo. Ya ves cómo está de mala la chamba y apenas he sacado lo de la semana."
Recurrió a un par de amigos que resolvieron momentánea y parcialmente el asunto.
Pero faltaba más.
Buscó opiniones a través de sus cuentas en las redes y ¡nada! Parecía que a nadie se le ocurría algo distinto, o dicho de otro modo, otra manera de hacer las cosas.


Estuvo así por un par de días hasta que encontró una invitación, a través de la red, de una manifestación distinta. Las condiciones para asistir eran:

1) tener un manifiesto problema económico, social, personal

2) asistir con ropa cómoda

3) llevar un bolso o una mochila vacía

Decidió inscribirse y asistir. En la inscripción tenía que manifestar su problema en no más de veinte palabras. Los organizadores, después de unas horas le enviaron su registro.

Invitó a varios amigos porque le pareció interesante y puestos de acuerdo fueron a la reunión.

Ahí, esperaron juntos hasta que algunos chavos, identificados por su vestimenta y un gafete, les entregaron un paquete que metieron a su bolsa vacía. Lo único que les decían era que no desconfiaran, que al final se divertirían mucho, que no habría daño a sus personas, a su integridad, a sus pertenencias.
La instrucción fue que se dirigieran a cualquiera al lado de ellos y le dijeran cuál era su problema personal, así, en pocas palabras, y luego metieran la mano en la bolsa.
Elisa hizo lo que se indicó y a su lado le dijo a un chavo lo que le pasaba, luego metió la mano en el bolso y sacó una colorida pistola. Apretó el gatillo y salió ¡un chisguete de agua! que empapó a su interlocutor.
Elisa riendo a carcajadas, salió de aquel lugar.









Foto: Vanguardia.com.mx
8 Ags. 2011

jueves, 4 de agosto de 2011

TALATOSAURIO

Cuando leyó la palabra, no lo creyó.

La volvió a leer, lentamente, casi deletreando, para así estar segura de no equivocarse.

Pues no, no estaba equivocada. Ahí leía "talatosaurio".

Lentamente empezó a leer las descripciones que se daban sobre el reciente hallazgo de un fósil, dejado al descubierto por una marea muy baja en Alaska. Se enteró de las peripecias de los geólogos cuando vieron el fósil y de los primeros reportes que hicieron al hacer público su hallazgo: 220 millones de años estaban ante sus ojos, incrustados en una roca, petrificados.



Marina Iturriaga leía la noticia cada vez más asombrada, porque toda su vida, como investigadora, había perseguido un reptil de estos y lo más que había conseguido era estar cerca de una réplica bastante buena de un fósil de China.

Inmediatamente llamó a su maestro en la Universidad y buscó ser incluída en el equipo que lo rescataría.

¡Demasiado tarde! El fósil ya había sido incluso llevado al Museo de Ciencias de Alaska y ahí lo estaban recuperando.

Marina tendría que ir entonces a Alaska. No había de otra.

Hizo las llamadas necesarias y a los pocos días ya estaba preparando su viaje.


. . . . . . . . . .


Hoy, después de varios intentos por localizar a Marina, me pude comunicar con ella. La oí muy triste porque su viaje a Alaska se había cancelado.

¡Le dio sarampión!









jueves, 22 de julio de 2010

CHAT

─ ¿...qué es eso?,─ dijo la abuela abriendo sus hermosos ojos asombrada ante la palabra.
─ Andrés, explícale a mi mamá que significa eso─ terció Luz sonriendo al tiempo que guiñaba el ojo hacia su pequeño hijo de seis años.
─ ¿Un niño de su edad puede explicarme eso?, dijo la abuela, doblemente asombrada. Cómo, a ella, una mujer de más de setenta años un chiquito de apenas seis le podía explicar que es el chat. Andrés, sin fijarse en la posible discusión que se podría iniciar entre Luz y su mamá, enésima discusión en ese día, se levantó rápidamente de la mesa donde estaba dibujando y fue por la lap. La abrió, la prendió y tan tranquilamente la puso en el regazo de la mujer y se sentó junto a ella.
─ Mira, abue, es de lo más fácil. Chat es platicar con tus amigos o tus conocidos por el internet.
Le pones aquí, debajo de este muñequito tu nombre....., luego le pones tu password..... y logras entrar. ¿Ya viste cómo?
Mientras Andrés explicaba el procedimiento, iba escribiendo y esperando que abriera la ventana. Explicaba muy seguro y de manera orgullosa. Le mostró a su abuela su lista de amigos (que eran sólo dos y que se conectaba con ellos cuando sus mamás estaban también conectadas), su lista de familiares (que eran algunos más y con los que él se conectaba cuando uno de sus papás se lo permitían)
La abuela lo miraba, más que asombrada, por la facilidad con la que manejaba el teclado.
Y empezó a preguntar: si se trata de platicar ¿por qué escribes?, ¿se puede oir música?, el otro ¿me oye? ¿me ve?, ¿a qué horas se hace eso?, ¿y si el otro no está?... y tantas cosas más que se le iban ocurriendo y a las que Andrés contestaba sin titubear. Ah, eso sí, si había algo que no podía contestar, le preguntaba a su mamá y asunto arreglado.
La última pregunta que la abuela lanzó fue
─¿Y yo puedo hacer eso?
─ ¡Claro!, contestó Andrés─ y luego luego abrió una cuenta para su abuela, y la incluyó en su lista de familiares y él se incluyó primerito en la lista de su abuela. Y quedaron que platicarían cuando se encontraran por ahí.
Han pasado varios meses, creo que seis o siete, y la abuela ha aumentado su lista de amigos, familiares, conocidos y yo no sé qué más de manera impresionante. No es la abuela de más años en el internet, en el chat, pero sí sé que es ahora una persona más contenta, pues ha aprendido algo más.
¡Saludos, abuela!

lunes, 5 de julio de 2010

LO DEL DIARIO

Sus múltiples obligaciones no le permitían hacer lo que realmente quería.
Dar de comer, atender a los niños, lavar la ropa... Y después, en la tarde, planchar viendo la telenovela (bastante mala por cierto, pero no había más que ver en la tele abierta), mientras que los niños juegan, se pelean entre ellos, el perro corre de aquí para allá. Los ruidos de los niños no la dejan... Y más tarde recibir a su esposo oyendo sus múltiples quejas sobre el jefe y los compañeros de trabajo.
La plancha iba de un lado a otro alisando las arrugas que deja la secadora. Y viendo este ir y venir fue que quiso ser otra.
Pensó ¿y si no me hubiera casado...? ¿y si no hubiera dejado la Universidad...? ¿y si le hubiera hecho caso a mis papás y me hubiera ido a donde me decían...? ¿y si, después del primer hijo, me hubiera separado...? ¿y si hubiera aceptado el negocio que me ofrecían...? ¿y si....?
Un ruido fuera de lo común la sacó de sus pensamientos. Era el timbre de la puerta. Fue a abrir: era el abonero de las colchas.
La realidad era ésta.
¿Para qué soñar?

miércoles, 26 de mayo de 2010

HACE MUCHO CALOR

─ Hace mucho calor─ dijo Remedios abanicándose nuevamente.
Su pelo se movía tan rápido como ella movía el abanico de palma que había comprado en el pueblo anterior. Lo había comprado por la explosión de color que vio en él: amarillo, azul, rosa, verde, blanco, entrelazados con finas líneas negras que separaban no sólo cada color, sino que hacían que resaltaran más las combinaciones.
─ Mira, Humberto, vamos a sentarnos por allá, debajo de aquel roble. Camina rápido, Remedios, si no nos ganan el lugar en la banca─ les apuró casi gritando Doña Enedina, tía de ambos, a quien sus ya sesenta años parecían no hacerle mella.
Remedios y Humberto siguieron a la tía. Ella, jadeando llegó primero al banco en medio de la plaza del pueblo, ahora con poca gente porque no era precisamente la hora en que salieran algunos a pasear.
No era tampoco día de fiesta. Así es que ni siquiera había por qué apurarse. Pero Doña Enedina, siempre corría para todos lados, llegando primero que nadie, ganando los lugares, y mostrando por ese simple hecho una sonrisa tan grande y satisfactoria que a cualquiera contagiaba.
Pero no hoy a Humberto y Remedios.
Ellos estaban más que cansados, agotados por el calor.
Habían accedido a visitar a la tía en su lejano pueblo porque simple y llanamente ella les había ya llamado mucho por teléfono quejándose, muy amablemente, del abandono en que la tenían ellos, hijos ambos de su hermano mayor ya muerto. Y aunque el resto de la familia, siempre veía por ella, Enedina quería ver y estar con sus sobrinos. Por eso les llamaba tanto. Ellos accedieron a ir ese fin de semana, y se arrepintieron demasiado pronto.
Al parecer, la época no era la mejor. Hacía mucho calor.
El pueblo de Doña Enedina estaba emplazado en la Sierra Gorda y la altura del lugar lo hacía demasiado caliente para esa época.
Bellísimo lugar sin mayores pretensiones su plaza principal, pequeña, con un kiosko en el centro y varios bancos a su alrededor, lucía siempre limpia y hermosa rodeada no sólo de árboles añejos y frondosos, sino también se veían un par de arcadas con los comercios típicos del lugar: un restaurant bastante modesto, el hotel, una zapatería, una mercería, un par de tiendas con pocas artesanías y un puesto de periódicos. Cerraba en un ángulo muy bello, una farmacia bien iluminada la entrada a la plaza. Enfrente, el Palacio Municipal y al otro lado, la iglesia.
Doña Enedina se sentó muy propia en el banco y saludo con una sonrisa a quien por ahí pasaba.
Empezó a subírsele el color, cosa que advirtió Remedios demasiado pronto y la abanicó. Doña Enedina seguía sonriendo, pero era evidente que lo hacía con mucho esfuerzo. Remedios la siguió abanicando un tanto asustada
─ ¿Qué te pasa, tía? ¡Estás muy colorada! ¿Quieres que Humberto vaya a comprarte un agua, un refresco...?
─ Sí, yo creo que sí. Ve rápido... y traime un refresco....

Humberto se fue corriendo y trajo luego luego el refresco que Doña Enedina bebió con gran apuración. Terminó y sonrió.
─ Tía, ¿ya te sientes mejor...?─ volvió a preguntar Remedios que no dejaba de abanicarla
Sí. Doña Enedina ya se sentía mejor. Era obvio que lo estaba puesto que había ya recuperado su color y seguía sonriendo.
Pero de pronto, Remedios y Humberto se miraron muy consternados y clavaron sus ojos en la cara regordeta de la tía, que seguía felizmente sonriendo.
─ Tía, ¿te sientes bien?
─ Sí, claro; ¿por qué preguntas? Ese refresco que me acabo de tomar me ha caído muy bien. Sí que me bajó el calor...
─ Pero tía, ¿estás bien...?
─ Sí, deveras que sí. Mírame. No sé por qué preguntas
─ Pues porque tú no puedes tomar refresco. Eres diabética, hipertensa y aparte, tu osteoporosis y tu gordura no permiten que tomes refresco... ¡Perdónanos, tía! No nos acordamos. ¡Ay, Humberto! Ojalá y no le vaya a hacer daño. Habrá que llevarla con el doctor...
─ No, ¡qué doctor, ni qué doctor!─ dijo Doña Enedina. ─Yo no voy. Siempre me está prohibiendo las cosas y él no entiende que cuando hace tanto calor, lo mejor que hay es un refresco. ¿verdad...?
Remedios y Humberto abrazaron a la mujer, que sonriendo, los llenó de besos, de sonrisas, de amor.

jueves, 11 de marzo de 2010

NO, PERO SI

─ ¡No!─ le dijo con voz determinante, al mismo tiempo que pensaba "pero si... si insiste, le digo que ..."
─ Ándale...─ dijo él meloso.
─ ¡No! ¡Ya te dije que no!─ volvió ella decir, ahora con más determinación, y se hizo unos pasos para atrás, se alejó. Aunque seguía pensando en aquéllo de "pero si insiste, le digo que..."
Él, que la seguía con la mirada, extendió su mano, como intentando alcanzarla, aunque no hizo mucho por llegar a ella. Sólo la miró y entornó los ojos de la forma que sabía bien podía doblegar el ánimo de ella.
Un nuevo intento acercándose a ella, hizo que diera un paso en falso y cayera hacia adelante.
Si ella no se hubiera hecho a un lado de manera instintiva, él le hubiese caído encima. Pero no sucedió así.
La caída produjo un sonido seco y un quejido prolongado y más de tres maldiciones de parte de él.
Ella se acercó solícita para ayudarlo a ponerse en pie, y él, enojado, la hizo bruscamente a un lado. No aceptó su ayuda e intentó pararse solo. No podía, una de sus piernas no le respondía y el dolor a la altura de la rodilla era muy intenso y se clavaba intermitentemente hasta el fondo de sus huesos. Bueno, eso decía.
Un intento más por levantarse hizo que lanzara un fuerte quejido y otras maldiciones.
Ella, angustiada, intentaba ayudarlo. Él, ya no sabía si negarse o aceptar la ayuda, al menos para incorporarse y sentarse aunque fuera en el suelo de forma un poco menos burda.
Y fue cuando ella, sin saber ni cómo, le dijo
─ ¿Quieres que te ayude a levantarte...?
Él sólo acertó a decir:
─ No, pero sí.




Pienso que ellos (Nerak, Ixab, Prado, Sol, Alonso, Itaka, Jenny, Efra) pudieran tener algo para que leas con el mismo título. ¡Sí!, pero ¿y si no..? Pues hay que meterse a sus blogs, porque sé que se encuentra algo bueno.

jueves, 18 de febrero de 2010

MONIGOTE

A Don Efrén Salcido le gustaba llevar a sus hijos a las ferias regionales.
No importaba cuál fuera el motivo del festejo, él procuraba llevarlos y preparaba con su esposa, Doña Brígida, el paseo.
Tenían ocho hijos y esperaban el noveno cuando decidieron ir a pasar las fiestas de la Virgen en el lejano pueblo de los abuelos de Don Efrén.
Alistada la camioneta, subido el equipaje, cerrada la casa, emprendieron el viaje por carretera.

Acababa de inaugurar el tramo de la super-carretera el Presidente de la República: amplia, bien trazada, con curvas bien marcadas y no tan pronunciadas, el viaje se le hizo a toda la familia una bendición. Al menos los niños no lloraron tanto y pudieron los más grandecitos mirar con asombro lo que la tecnología y la economía boyante del país hacían por sus habitantes.
Don Efrén alababa a su gobierno. Doña Brígida movía la cabeza asintiendo y pensando que de seguir así el país, sus hijos, todos, tendrían un buen futuro.

Saliendo de la super-carretera en una desviación bien señalizada, empezaron a circular por los viejos "caminos reales", ahora pavimentados, pero mal trazados y tortuosos que se abrían paso entre los sembradíos de maíz y frijol. Algún ganado pastaba por ahí. Y aquí el camino se convirtió en angosto y lleno de hoyos haciendo que la camioneta saltara como si fuera de goma. Los niños se empezaron a impacientar.
Doña Brígida les daba naranjas peladas, algún caramelo hecho en casa o los invitaba a seguir durmiendo. Al menos los tranquilizó por un rato.

Se acercaban al pueblo. Lo supieron porque vieron la primera ermita. Don Efrén se detuvo y bajó a estirar las piernas. Lo mismo hicieron los hijos y Doña Brígida.
Siguiendo a su padre, los más grandecitos entraron con él a la ermita. Toda encalada y con techos rojos, sólo se veía un Santo Cristo al frente y un par de jarrones con flores a medio marchitar. Entraron todos y mirando al Cristo, fueron sorprendidos por una voz, desde afuera:
"¿Qué se les ofrece?" resonó la voz como en un eco. Todos voltearon y ¡qué susto! Delante de ellos estaba un monigote, un horrible monigote que, levantando las manos intentó tomar a uno de los niños. Pedrito, gritanto muy asustado, se lanzó inmediatamente a los brazos de su padre quien lo levantó y sonriendo le dijo que no se asustara.
El monigote empezó a reir, y esa risa, que se intensificaba por el eco que producía la máscara, aumentó el miedo del niño convirtiéndolo en pavor.
El monigote advirtió su error, y con las manos, difícilmente, se quitó la máscara. No era otro más que Julián, uno de los primos de Don Efrén, quien abrazó al recién llegado y "aplastó" en ese abrazo a Pedrito, quien no dejaba de llorar y se aferraba cada vez más a su padre.
Pasada la primera impresión, y riendo a carcajadas, los dos hombres se volvieron a saludar y Don Efrén presentó a los hijos que Julián no conocía. Charlaron alegremente Doña Brígida y Julián a quien ya rodeaban los hijos más grandes del matrimonio. Y le tocaban las manos enormes, los ropajes que en pliegues y pliegues envolvían a ese gran monigote, y le preguntaban cosas que él con una sonrisa, contestaba.
Pedrito fue el único que no se acercó. Se subió a la camioneta y ahí se quedó, mirando al monigote, recelando de él.
Julián se volvió a plantar la máscara y Pedrito comenzó a llorar. Julián se echó a reir nuevamente y se alejó no sin antes apresurar a Don Efrén a llegar al pueblo, donde empezaría una gran procesión en honor a la Virgen en la que verían una sorpresa: ¡más monigotes!
Pedrito oyó eso y siguió llorando.
Todos subieron a la camioneta y siguieron adelante.

Al fin llegaron al pueblo.
Y esto fue lo que vieron:


Los hijos de Don Efrén bajaron rápidamente de la camioneta y se acercaron a ver los monigotes ¡Sí que eran grandes...!

Pedrito se quedó en la camioneta y por más que sus padres hicieron , no quiso bajar.

Lee los "Monigotes" de Itaka, Alonso, Efra, Jenny, Sol, PV, Ixab, Nerak

lunes, 8 de febrero de 2010

CONVERSACIÓN

Me subí a la micro y pagué mi pasaje al Estadio.
La Calzada por la que circulábamos iba bastante fluida, así que el viaje fue más bien rápido y sin mayores contratiempos.
Y digo "mayores" por que uno al andar en micro se acostumbra a ciertas incomodidades: el transporte sucio, los asientos rotos, la música en "laaa Zzzetta" a todo lo que da el volumen y escuchada a través de bocinas bastante chafas que nada más retumban de lo puro malas que son.
Iba yo sentada justo detrás del asiento del chofer e iba mirando sus maniobras para subir más pasaje sin importarle la incomodidad de los que ya nos habíamos subido.
El chofer "hizo base" en una estación de Metro. ¡Qué desesperación! Esperar a que suba el pasaje que no está en ningún lado y que ni siquiera escucha aquellos gritos de "¡súbale, súbale! lleva lugares, lleva lugares."
Por fin arrancamos y en la parada siguiente subió una señora gorda, chaparra, de rostro muy bonito, blanca y pelo claro natural. Vestía regularmente, con una blusa ajustada que dejaba ver su voluminoso vientre y una falda que en nada escondía sus grandiosas piernas sin medias y con zapatos bajos. Y como mucha gente actualmente lo hace, en una mano llevaba el celular pegado a la oreja y con la otra, pagó y sentó atrás de mi, justo en el momento que el chofer arrancaba.
─ 'pérame tantito...─ le dijo a la persona con la que hablaba y luego le dijo al chofer ─ ¡eh!, ¡usté!, ¡a ver si se fija y no maneja así! ¡que no trae animales!
─ . . . . . . . . .
─ Ora sí, ya... a ver dime que te dijo el hijo ése de su tal por cual─ le contestó a su interlocutor
─ . . . . . . . .
─ ¿En serio eso te dijo?... Pero tú sabes bien que eso no es cierto, que te he dicho hasta el cansancio que...
─ . . . . . . .
─ A ver, a ver, dime las cosas más despacio. Te estoy oyendo.
─ . . . . . . .
─ No, no, entiéndeme. Eso no es cierto. Acuérdate que yo te dije que le dijeras a mi mamá que cuando ellos dicen eso que dicen, no les crean. ¡Ustedes tienen la culpa por hacerles caso y no decirles nada!
─ . . . . . .
─ Á ver, repíteme eso: ¡no puedo creer, deveras, que eso te haya dicho!
─ . . . . . . .
─ Mira, te lo digo otra vez: cuando te digan eso, no les creas. Tú sabes que ellos son personas que na'más dicen purititas mentiras. Si alguna vez dicen la verdá, pos ¡ni les creas! Me he cansado de decirles que es mejor callarse, no hacerles caso y por último no decirles nada.
─ . . . . . .
─ ¿Ya ves? ¿Ya ves? Si yo te lo dije... Ya, manito, ya no les digas nada, me he cansado de decírtelo.
─ . . . . . .
Y yo, me tuve que bajar de la micro.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

FIESTA

Para ese 24 de Diciembre ya tenía todo preparado: la carne que llevaría y un postre que le habían pedido. Eloísa había hecho uno más, por el solo gusto de hacerlo. Además había hecho galletitas para todos y tenía ya preparada una hermosa canasta con todas ellas acomodadas aparte de haber incluído algunas frutas secas y otras cristalizadas, aparte de nueces y avellanas.
Cuando preparaba la canasta recordó a su papá que a principios de Diciembre empezaba a llegar casi cada tarde con algo en las manos para ofrecer a quienes visitaran la casa: dulces, nueces, pistaches, chocolates, galletas, y algún licor suave para ofrecer a las señoras. ¡Qué buenas eran las Navidades en esa época!
Eloísa quería aquél año repetir eso. Aunque fuera de la casa paterna, en casa ahora de Mariana, su cuñada, quería, de alguna manera, llevar ese entusiasmo de sus padres a otro lado y sentirse alegre y feliz por esa fiesta tan esperada.

Quedaron de pasar por ella entre 9 y 10 de de la noche.
A Eloísa le molestaba tener que depender de eso: de que alguien pasara por ella. Siempre se había movido por sus propios medios. Pero esa noche tenía que llevar muchas cosas y cuando quiso pedir un taxi al sitio, le informaron que no había carro disponible. Ni modo, tendría que esperar a que pasaran por ella.

Y se empezó a imaginar la alegría de los niños, sus sonrisas, sus ansias por abrir los regalos. E imaginó también sus caras de sorpresa y gusto cuando fueran descubriendo las hermosas cosas que les obsequiaban. Y fue cuando pensó en esas alegrías de hace muchos años con sus padres, con el barullo de ser muchos los hijos y el gusto de abrir cada quien sus regalos.
Y también imaginó a sus cuñadas y a los hermanos de ellas brindando y riendo con verdadero gusto por el simple hecho de estar juntos.

Eloísa saldría este año de su casa a festejar la Navidad en otro lado. Era algo nuevo para ella, pero sabía que las cosas a raíz de la muerte de sus padres no podían ser iguales. Pero aceptaba con gusto el cambio. Lo importante era estar juntos, estar en la fiesta con los demás, sin importar el sitio en donde se estuviera.

Dieron las diez, y nada.
Dieron las once, y tampoco, nada.
Ni una llamada, ni nada.
Ella levantó el teléfono y marcó. Timbró varias veces y oyó la voz en la contestadora. Colgó. ¿Qué pasaba? Ojalá y no les hubiera pasado nada malo.
Esperó.
Eran las once con cuarenta y cinco y ella seguía esperando.
Volvió a marcar. Nada. Sólo oyó la contestadora.
Llamó al sitio de taxis nuevamente. Y el resultado fue el mismo: no había carros.
Las doce.
Eloísa estaba sola a las doce de la noche, con todos sus regalos listos, con su cena preparada, con sus galletas empacadas para ser entregadas.
Nada.

Se quedó sentada en el sillón, esperando una llamada y se durmió.

Sonó de pronto el teléfono.
Ya eran las dos de la mañana: era Lulú, su sobrina,la hija de Mariana, la que llamaba para felicitarla por la Navidad.
Eloísa lo único que le dijo es que qué había pasado, que por qué no la habían ido a recoger.
Lulú, desconcertada, lo único que le contestó fue que Mariana, su mamá, les había dicho que ella no quería ir a la fiesta de esa noche porque era fuera de su casa y no le gustaban las fiestas decembrinas en otros lugares, y que por eso no la habían ido a recoger.
Nada más.
Eloísa lo único que pudo decir fue "Feliz Navidad" cuando colgó y se puso a llorar silenciosamente.

martes, 8 de diciembre de 2009

PENSAMIENTOS AMABLES

Se enfundó en su bata. Era rosa, porque ella, siempre quiso distinguirse por ese color.
Después fue sacando de los cajones, como en un ritual, sin hablar, las herramientas con las que trabajaría: unas pinzas, los guantes, los lentes protectores de material antirreflejante y resistente a los impactos, algunos punzones, un par de espejos, mangueras de distintos diámetros, recipientes en acero inoxidable y un par de baberos (uno de plástico maleable, rosa también y uno de felpa, como toalla).
Alineó todos los instrumentos en una charola también de acero inoxidable, pulida e impresionantemente limpia.
Ajustó una pequeña aspiradora a una manguera y la prendió para comprobar que funcionara correctamente. Sí, estaba bien.
Tomó lentamente un taladro e hizo lo mismo con él. Comprobó que funcionara. Yo sólo escuché la velocidad del giro y apenas si pude ver la broca. Sí, todo estaba bien.
Yo no me podía mover. Ahí, donde estaba, me imaginaba cosas e intentaba traer a mi mente pensamientos amables. Mis ojos sólo podían ver a un punto, y aunque intentaba moverlos, buscando otros referentes, sólo veía un techo blanco y una lámpara prendida. Yo sólo escuchaba, sin poderla ver. Y sólo me imaginaba cosas, sin poder preguntar, pues estaba imposibilitada para hacerlo.
¿Cuánto tiempo iba yo a estar así?
Empecé a imaginar algunas torturas medievales, como aquélla de tener a alguien en un cuarto y hacerle escuchar una gota de agua cayendo, o hacerle escuchar los gritos del torturado de al lado. Pensé en los calabozos lúgubres de San Juan de Ulúa, en los que sólo escuchaban los reos los sonidos del mar y esperaban que la marea subiera.
¡Y conste que intentaba yo tener pensamientos amables!
Al fin me habló y me dijo que tomara yo una manguerita que ella puso en mis manos e hizo que me la introdujera en la boca.
Y empezó su trabajo: arreglarme una muela con caries.
P.D. Saludos a mi Dentista (y gracias, doctora, por hacer un trabajo impecable. Gracias por no hacerme sufrir)

lunes, 26 de octubre de 2009

¿TIENES FRÍO?

Joaquín se acercó lenta y sigilosamente al fuego.
Ya lo habían hecho esperar mucho y se sintió cansado de estar sentado en esa estancia tan amplia. Y aunque nunca le había gustado estar ahí, sabía que era el sitio en donde tendría que esperar si quería ver al Lic. Velázquez.
El lugar donde estaba había sido hacía muchos años la casa de la familia Velázquez de León y Pantoja, cuyos acaudalados miembros disponían de varias casas y apartamentos en esta ciudad y en dos del más del país y en Europa.
Ahora, la casa donde estaba, que de hecho era la más pequeña de todas las que poseían, había sido transformada para oficinas ya que se encontraba en una céntrica colonia de la ciudad y estaba realmente bien comunicada. Los padres de Juan Daniel Velázquez de León y Pantoja la habían adquirido como una ganga cuando esa parte de la ciudad se había lotificado y el Ministro de Agricultura, que era amigo de ellos, les había ofrecido en venta uno de esos lotes. Cuando ellos compraron, la colonia era tranquila, apenas se estaban abriendo un par de avenidas y cerca, muy cerca, se estaba terminando de construir un Viaducto, garantizando a los habitantes de ese lugar, no sólo vialidades modernas, sino tranquilidad un poco alejados del bullicio del Centro de la Ciudad.
Joaquín había conocido a Juan Daniel en la Universidad.
Se hicieron amigos casi inmeditamente. Coincidían en muchas cosas, menos en la cantidad de dinero a gastar: Joaquín apenas si ajustaba para sus gastos semanales, mientras que Juan Daniel despilfarraba el dinero alegremente invitando a los amigos desde un cigarro hasta la comida completa. Y lo hacía alegremente.
Joaquín lo tenía claro: estimaba a Juan Daniel, pero a veces su dinero se interponía para seguir adelante la amistad. Eso hizo que Joaquín se diera cuenta muy pronto en el interés, verdadero interés, que algunos compañeros tenían en seguir a Juan Daniel. Y se lo dijo también demasiado pronto. Eso causó el primer disgusto, pero la amistad siguió adelante.
Hoy, después de treinta años, se verían nuevamente.
Cada uno había seguido su camino al terminar la carrera. Sus distintas especialidades los habían llevado por caminos distintos: Joaquín se había hecho investigador y maestro dentro de la misma Universidad; Juan Daniel se había dedicado a la política práctica escalando diversos peldaños en el juego que supone estar afiliado a un partido político. Había sido desde dirigente juvenil en sus inicios, hasta Ministro de No Sé Qué en la presidencia pasada. Ahora se encontraba sin trabajo, en una etapa de descanso, como él decía, pero esperaba que su "gallo" fuese postulado a la Presidencia de la República para ser su Asesor Personal en la campaña presidencial y luego, quizá, mínimo, su Secretario Personal. El futuro para Juan Daniel se presentaba realmente prometedor.
Joaquín sabía bien los caminos de su amigo. Éstos habían sido muy públicos, demasiado, pensaba él. Pues aunque no quisiera, se enteraba de los pasos de éste a través de los periódicos y de los noticieros.
Eso lo había hecho ir a buscarlo.
Y hoy se encontraba ahí, frente al fuego de la chimenea de la casa a la que tantas veces entró como amigo y compañero del que ahora era el Lic. Velázquez.
Parado, frente a la chimenea, recordó cosas, muchas cosas, mientras oía chirriar el fuego y veía cómo los destellos amarillos, rojos, blancos y hasta azules de las llamas le dibujaban en su imaginación otros momentos.

"─ ¿Tienes frío?─ le preguntó Ana María y le rodeó con sus brazos el cuello. Le besó pícaramente y se alejó de él, sonriendo.
"─Sí, pero contigo se me quita─ contestó Joaquín siguiéndola.
"Jalaron un par de cojines y se acercaron a la chimenea. El calor del fuego era amable e invitaba a algo más que a confidencias, por lo que Ana María tomó las manos de Joaquín y acercándose mucho a él, susurrándole al oído, sólo le dijo
"─¿Recuerdas la petición que me hiciste hace un par de días...? ¿la recuerdas?
"Cómo no la iba a recordar Joaquín: le había pedido que fuera su novia e incluso que se casara con él, mientras más pronto, mejor. Él ya tenía que ofrecerle, incluso un viaje a Paris, a donde la llevaría con él, ya casados, con una beca que había conseguido. ¡Vivir en Paris durante dos o tres años! ¡y con ella! Y estudiando y trabajando, construyendo juntos un futuro...
"─ Sí, sí recuerdo... ¿qué has decidido? ¿me aceptas...?─ dijo él ansioso
"Ella sonrió y se apartó nuevamente. Se levantó y le gritó a Juan Daniel. Él, bajó casi de inmediato diciendo que en seguida estaría con ellos, pero que lo esperaran porque iba por unas copas para brindar.
"─ ¿Brindar? ¿Por qué? ¿Es qué acaso le has dicho lo que yo te....?
"─ ¡Sí, claro! ¿por qué no se lo iba a decir?
"─ Pero, es algo entre tú y yo, muy privado... No sé, creo que no debiste...
"─ ¿Y por qué no...?
"Juan Daniel se acercó con una sonrisa. Miró a ambos. A cada uno le dió su copa y descorchó la botella. Sirvió el espumoso vino blanco disculpándose por no tener algo mejor, como lo ameritaba el momento e inició el brindis invitando a Ana María a hablar. Joaquín sonreía, cada vez más: recibiría el "sí" enfrente de su mejor amigo. Le comunicaría sus planes, que él aún no conocía y estaba seguro que Juan Daniel se alegraría tanto como él ya lo estaba.
"─ ¿...y? ¿qué esperas, Ana María?─ dijo Joaquín ansioso
"─ Joaquín, quiero decirte, bueno, más bien, queremos decirte Juan Daniel y yo, que ayer nos casamos. A escondidas de sus padres y de todos, pero ayer nos casamos. Y que hoy, vine a hablar con sus papás que me mandaron llamar. Dentro de un mes es la boda religiosa. Y nos vamos a vivir a Centroamérica un tiempo. Después, regresaremos y viviremos en el Norte haciéndose cargo Juan Daniel de las oficinas del Partido de allá. Es más... también queremos comunicarte que estoy embarazada. Eso fue lo que apresuró las cosas...
"Joaquín desdibujó su sonrisa y no supo por qué empezó a temblar.
"─ ¿Qué te pasa? ¿tienes frío? ¿por qué tiemblas así? ¿tienes frío...?

Parado frente al fuego, ante esa chimenea, oyó Joaquín aquella voz que hace mucho no escuchaba y que le recordó tantas cosas, tantas, que empezó a temblar.
─ ¡Hola, amigo! ¡tanto tiempo sin verte, sin saber de tí! Venga, dame un abrazo.... Pero ¿qué te pasa? ¿por qué tiemblas? ¿tienes frío?

miércoles, 29 de julio de 2009

¡ESO QUÉ!

─ Lichita... ¿puedo hablar con usted?
Y me acerqué, temeroso, de que me dijera que no.
Soy un hombre, aquí lo reconozco, débil de carácter, fácilmente manipulable, y que ante cualquier amenaza a mi espacio laboral o personal me achicopalo fácilmente. Ésa es la causa por la cual no tengo pareja actualmente. Mi esposa y dos hijos me dejaron; se fueron a buscar otras fortalezas, otras seguridades. Bueno, eso dijeron...
Lichita, mi jefa, volteó a verme con esa cara que siempre pone cuando alguien llega y la interrumpe en su trabajo: ceño fruncido, ojos retadores, ni una sonrisa.
─ Sí. Pero sea breve, Agustín, que tengo mucho trabajo. Y ya sabe, no me gusta que me interrumpan cuando estoy haciendo esto, porque me desconcentran. ¡Ya lo sabe! Bueno. Pues ya le estoy poniendo atención. ¿Qué se le ofrece? No tengo mucho tiempo, ya se lo dije. En un rato más llega el Ingeniero y ya sabe usted cómo es. ¡Uf, y yo sin terminar esto!... A ver, a ver... ¿me decía?
─ Lichita, es que...
─ Es que ¿qué...? ¿Necesita otro permiso para faltar el fin de semana? No. Ya sabe que no hay más permisos ¡y menos para usted! ¡y menos en esta temporada! ¡tanto trabajo que hay...! ¿terminaron de hacer el inventario en el Área de Materiales? ¡Pues yo creo que no!, porque no me han mandado la información....
─ Lichita, no quiero otro permiso─ me atreví a decir, interrumpiéndola. Y digo "me atreví" porque a Lichita nunca le ha gustado que la interrumpan. Pero esta vez, me había armado de valor para hablar con ella. Era importante que le dijera lo que le iba a decir. Por eso, lo repito, me armé de valor.
─ Bueno, lo escucho─ me dijo, sentándose, pero revisando unos papeles encima de su escritorio. No levantó la vista.
Escritorio de por medio, yo, sin que me lo ofreciera, me senté frente a ella. Pero eso, he de decirlo, me impuso una barrera física que yo no quería tener. Me quedé callado un rato. Movía mis dedos, entrelazándolos uno contra los otros, y a ella, la miraba a la cara.
Recorrí su rostro por enésima vez: el pelo negro, corto, peinado muy descuidadamente, la hacía ver más joven de lo que realmente era. Además, tenía unos pequeños reflejos que se remarcaban con los rayos del sol que penetraban apenas por el ventanal de su oficina a esa hora. Su rostro, blanco, con arrugas alrededor de los ojos, hacían que éstos se vieran ligeramente alargados y subrayaban el color miel de sus pupilas, que ahora, debo decirlo, yo no veía, pero que me sabía muy bien. El cutis terso, bien cuidado, contrastaba con sus labios delgados, sin pintar, pero en los que yo adivinaba una sonrisa leve que a mi, no me mostraba. No sé si a los demás.
─ Lichita, lo que vengo a decirle hoy es algo personal.
Ella, arqueó sus finas cejas, y se me quedó mirando. Sus ojos se clavaron en los míos. Eso fue lo que me dio valor para pararme de la silla donde me había sentado, y levantándola, llevarla justo al lado de ella. Ella, sorprendida, no sé si por mis palabras o por mi actitud se hizo a un lado, y se puso a la defensiva.
─ ¿Algo personal? Agustín, por favor, estamos en una empresa, en horas de trabajo. No veo por qué se acerca usted a mi para hablar ¡de cuestiones personales! Para eso está el Departamento de Personal. Para eso está el Licenciado Ortega. Vaya y trate sus asuntos personales con él.
─ Pero es que necesito que usted escuche lo que le voy a decir
─ ¿Usted a mi?
─ Sí.
─ Está bien. Pero le advierto algo: yo no remediaré, estoy segura, su asunto personal. Lo escucharé haciendo una excepción. Por que ya lo sabe usted bien, los asuntos personales se tratan en otro departamento. Sinceramente, Agustín, lo que me diga... mmmhhh...
─ Está bien. Con que me escuche, basta. Lichita, quiero habarle de un sentimiento que tengo...
─ ¿Un sentimiento? Por favor, Agustín, a mi ¡eso qué...!
─ ...la amo, Lichita

miércoles, 22 de julio de 2009

¿REALMENTE PASÓ?

Oía con mucha atención a Bach. La Tocata y Fuga.
No sólo la oía. La sentía también. La disfrutaba.
Había llegado a buena hora a la Catedral y había elegido un buen lugar desde donde podría escuchar el concierto, esta vez gratuito, de uno de los mejores organistas del mundo.
El lugar se encontraba repleto. Y pensó "ya quisiera el Arzobispo esta concurrencia para la misa de 12" y sonrió.
Las notas arrancadas con entusiasmo del órgano catedralicio, recién restaurado, sonaban espléndidamente y las luces tenues, bajadas a propósito para esa presentación, hicieron más dramáticos los acordes.
La concurrencia, se sentía, vibraba. Era verdaderamente una excelente interpretación.
Raimundo se sintió transportado. Cerró los ojos para imaginar mejor. La música lo iba envolviendo poco a poco. Él, simplemente, se dejaba llevar.
De pronto, silencio. Largo. No ése que va entre pieza y pieza. Sino que éste fue más largo. Tanto, que tuvo que abrir los ojos, para saber qué pasaba.
Quedó perplejo con lo que vió. No logró reconocer el lugar. Pero aún así, no se movió de su sitio.
Se miró a sí mismo y la silla en que se había sentado.
No se reconoció.
No vestía igual. Y estaba sentado en un sillón de hermosos brazos de madera tallada, tapizado en un tela desgastada, más bien marrón.
Estaba solo. La habitación, en penumbras, no dejaba ver algo que él reconociera.
¿Cómo había llegado ahí?
Sintió miedo y volvió a preguntarse ¿cómo había llegado ahí?
Oyó una puerta abriéndose y entró alguien iluminando la estancia con una candelero de varias luces. El hombre sonreía amablemente y se acercó a Raimundo haciendo una reverencia y anunciándole que en un momento más "el Señor estaría con él, que le disculpara la tardanza, pero había tenido un contratiempo, pero que en seguida le atendería; que le ofrecía sus disculpas".
Raimundo quiso hablar. Preguntar en dónde estaba, pero el hombre diligentemente volteó, puso el candelero en una mesa y salió tan rápidamente como había entrado. Eso sí, no sin antes hacer un leve movimiento de cabeza y decir "con su permiso".
Raimunto volvió a quedar solo mirando a su alrededor.
Se puso de pie y empezó a recorrer la habitación donde estaba. A lo lejos, oía tocar el órgano, con maestría. Él, que era un aficionado, sí alcanzaba a percibir la buena ejecución. Y ésa, que ahora escuchaba, era una buena ejecución. Terminada la pieza, pasó un momento, y la volvió a escuchar, ahora con ligeras variantes. Era el mismo tema, no había duda, pero con otros adornos, con otros armónicos. El ejecutante se detenía, y retomaba el tema original y le hacía variaciones. Raimundo se sentía muy a gusto escuchando a lo lejos la ejecución al tiempo que miraba su entorno. Y de pronto, ahí, junto al candelero, encontró una partitura. La tomó e intentó leerla. Desgraciadamente no sabía música, pero la belleza de las notas escritas, su alineación, su paralelismo en el pentagrama, sus subidas y bajadas le impresionaron. Sonrió levemente deseando saber leer lo que sus ojos veían.
La partitura se componía de varias páginas. Él las recorrió todas y las dejó nuevamente en su lugar. La música seguía sonando allá lejos. Raimundo pensó en ir y buscar al ejecutante y sentarse silenciosamente junto a él y sólo escucharlo y felicitarlo cuando terminara.
Instintivamente, sin saber por qué, metió la mano en su bolsillo derecho y sintió un papel. Lo sacó. Empezó a leer: "... 9 de julio de 2009, a las 20 horas, en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México..."
─ ¡Señor! ¡señor! ¡despierte!
─ ¿Eh? ¿qué pasó? ¿dónde estoy?
─ En la Catedral ¿en dónde más? Ya terminó el concierto y vamos a cerrar ¡se quedó usted dormido!

jueves, 25 de junio de 2009

BOLITOCHA

Bolitocha no quería ser lo que es.
Quería cambiar y ser otro.
Pensó en ser nube para viajar dejándose llevar por el viento, subir muy alto empujado por el aire y cuando estuviera lo suficientemente arriba, bajar en forma de lluvia refrescante en el campo y convertirse así en agua del río tranquilo que corría a través de las montañas de su país.
Pensó también en ser Luna, para aparecer cada veintiocho días espléndidamente e ir desapareciendo poco a poco hasta que ya nadie le viera y que él sí viera a todos, como detrás de una cortina negra, mostrando solamente su cara obscura y sonriendo a aquéllos que le buscaran en el cielo.
Pensó en ser pasto, delgado, suave, húmedo en primavera y fresco en el verano y sentir a los niños acostados sobre él haciéndoles cosquillas en sus caritas y verlos sonreir porque les tocaba las mejillas.
O quizá, pensó, podría ser aire, para que nadie le viera, pero sí le percibiera.
Pensó en ser nieve,al fin que a él el frío le gustaba y le caía bien, pero luego se arrepintió porque la nieve tiene que estar a determinadas alturas y en determinados momentos y eso le mantendría "fuera de circulación" durante la mitad del año. Aunque la verdad, sería una osadía retar por una vez a la naturaleza y hacer acto de presencia en pleno verano ¡pero se derritiría! y volvería a ser agua que correría en un hilo informe hacia el río tranquilo de su país.
Bolitocha no quería ser lo que es.
Y no es que estuviera en desacuerdo con lo que le había tocado ser, sino que siendo lo que era, la mayoría no le quería, se cuidaban de él. Y es que Bolitocha quería estar con muchos, con todos. Quería, en pocas palabras, socializar. Y no le importaba con quién: con personas, grandes o chicas, con animales, con plantas y flores. Pero nadie le quería.
Al contrario, cuando supieron que existía, los hombres y mujeres se cuidaron de que no entrara a sus casas: cerraron sus puertas, abrieron sus ventanas para ventilar las habitaciones. Hasta llegaron a lavar los lugares donde vivían con cloro y mucho jabón dizque para evitar que entrara en sus casas.




. . . . . . . . . . . . . . .




Éste es Bolitocha













en su versión de peluche .



Su nombre real es AH1N1 y ésta es su imagen:
Ellos, quizá, tengan su "versión" sobre Bolitocha:

jueves, 28 de mayo de 2009

LA PRIMERA VEZ

Cuando terminé de oir las noticias ese jueves, como a eso de las 11:30 de la noche, me quedé inmóvil.
Realmente no sabía yo qué hacer ante el anuncio.
Nuestras autoridades de salud estaban decretando en base a quién sabe cuál artículo constitucional, una alerta sanitaria por epidemia del Virus de Influenza Porcina, y por tanto, se estaban suspendiendo las clases en todas las escuelas de la Ciudad de México y del Estado de México desde Preescolar hasta Superior. Dicho de otro modo, el viernes no debíamos ir a la escuela, y deberíamos estar al pendiente de los avisos dados por ellos para volver a clases.
Como alumna que soy inicialmente sonreí porque estaba muy apurada terminando un trabajo que debía entregar, y no acababa yo. Después recapacité y pensé que esto debía ser muy grave como para dar ese anuncio por televisión. Pero luego, pensándole, me dije que debía yo confiar en las autoridades...
El viernes temprano fui a la escuela. Con mi trabajo (a medio hacer, debo confesarlo, y guardado en mi USB), me presenté buscando al maestro. En la puerta, el Director y el Coordinador nos recibieron con una "no se puede pasar, vayanse a sus casas; estén al pendiente de las noticias para que sepan el día que se deben presentar". A todos les decían lo mismo. Y aunque no habíamos muchos, sí me encontré a mis dos amigas del alma, y a tres compañeros, uno de los cuales, Antonio, me trae viendo estrellitas y sintiendo cosquillas en la panza. Yo sé que a él no le soy indiferente, así que cuando nos vimos nos sonreimos de otra manera.
Nos quedamos un rato platicando y ante la insistencia del Director nos retiramos.
¿Qué hacer entonces?
Yo propuse ir a mi casa. Ahí no había nadie y podríamos pasar una mañana cotorreando tranquilos. Todos aceptaron.
Llegando, pensamos en preparar un almuerzo bueno y mientras nosotras nos metíamos a la cocina a ver qué hacíamos, nuestros compañeros fueron a comprar lo que se necesitaba para completar ese almuerzo.
Pasaron las horas alegremente y mis amigas y mis compañeros se fueron.
Todos, menos Antonio.
Yo lo había ya invitado a comer, sin que los demás escucharan y él, simplemente, al oído me había dicho que sí. Sus ojos dijeron más que eso. Yo le correspondí la mirada.
Mis padres no regresan hasta eso de las siete o las ocho. Simplemente ahora me estaban llamando para saber que yo estuviera bien y en casa. Mis dos hermanos se habían ido desde temprano a casa de la abuela cuando mamá los llevó a su escuela y no pudiéndolos dejar, se los encargó a su mamá. Ella, gustosa, los acogió por ese día. Para los siguientes, según me enteré, tendríamos que ponernos de acuerdo para irnos con ella.
Antonio y yo comimos tranquilamente. Oimos las noticias y discutimos sobre las conveniencias e inconveniencias de todo esto. Nos gustó más hablar de lo que nos podría convenir y cómo podríamos aprovechar el tiempo.
Ya a media tarde, y viendo una película, después de haber jugado un poco en el jardín con los perros, nos sentamos a descansar.
Él se sentó muy cerca de mi, más de lo acostumbrado y me miró. Me dijo cosas, muchas, que todavía resuenan en mi mente, y que me hicieron palpitar el corazón. Yo escuchaba y sonreía y devolvía la mirada y procuraba no decir mucho porque, en verdad, quería oirlo. En verdad quería quedarme guardando todo aquello que me decía, todo lo que me rodeaba, su olor, su aliento, su cercanía.
La tele, seguía prendida hablando sola.
Y empezó una conferencia de prensa del Secretario de Salud. Ahí habló de las posibilidades de la influenza y los posibles contagios y dijo que debíamos usar un tapabocas. Yo inmediatamente pensé que en casa, en el botiquín había varios. Por eso no me preocuparía. Eso es lo último que recuerdo...
Porque yo estaba ya en brazos de Antonio. No hablábamos ya.
Fuimos a mi recámara, sin hablar, pero con una ansiedad que crecía a cada momento. Entramos, entornamos la puerta y pasaron varios minutos.
Juntos, estábamos juntos, con nuestras ansiedades haciéndose mayores cada vez y apurando el momento como si éste se nos fuera a ir de las manos. Nos reconocíamos corporalmente, nos hablábamos en secreto, nos sonreíamos, nos cruzábamos las miradas, nos complementábamos cuando, de pronto, una voz abajo dijo
─ Hija, ¡ya llegué! Hoy nos dejó el jefe salir temprano por esto de la contingencia.
Y oímos las llaves caer en la mesita donde siempre las aventamos, y oímos a mi mamá gritarle a los perros, y reir a carcajadas por alguna graciosada de ellos. Y oimos cómo entraba a la cocina, y se servía algo en un vaso y la oímos subir las escaleras, volviendo a gritar
─ Hija ¿ahí estás?
─ Sí, mamá. Aquí en la recámara. Estoy buscando unos tapabocas para ponerme uno y regalarle otro a Antonio.
Mi mamá entró a mi recámara en el momento en que Antonio salía del baño acomodándose el tapabocas. Yo ya tenía el mío puesto.
Te cuento esto porque es la primera vez que usé un tapabocas.
¿Y ellos qué tendrán que decir de su Primera Vez?
Entérate por ti mismo y lee lo que escriben: Sol, Jenny, Itaka, Alonso, Efra, PV